VERY GOOD, PAELLA
Mientras paseaba por la Judería de Toledo, intentaba imaginar la ciudad a finales de los años veinte, con aquellos locos maravillosos, Luis, Pepín, Rafael, Salvador, Federico… emborrachándose y buscando por las esquinas alguna casa de mala nota para poder seguir la juerga en el sentido más carnal posible… Sonrió al pensar en la imagen de Lorca o Dalí entrando en un prostíbulo… eso era sencillamente imposible. Quería pensar en una ciudad oscura, misteriosa, llena de encanto, de rincones secretos, silenciosa, con poca gente, con pequeñas tabernas donde se bebía vino en jarra de barro y se comían recias comidas de la región… La verdad es que todo con los años había cambiado a peor… Toledo ahora era una especie de parque temático sobre la historia, lleno de tiendas de recuerdos, abierto los sábados y domingos a madrileños ociosos y japoneses con la última miniatura al cuello. Él mismo, no era más que un turista en busca de inmortalizarse en los mismos sitios donde millones de personas habían disparado sus fotografías, por mucho que se intentara convencer de que, como los personajes de Paul Bowles en “El cielo protector”, él y Susana no eran turistas sino viajeros. La diferencia, solía explicar, radicaba en el sentido del viaje… Mientras el turista consume un producto manufacturado, con calendario fijo, con objetivos marcados de antemano, en el que lo importante era el destino; el viajero va por el mundo sin poner límites a nada. Solo se guía por el sol y por su estómago, haciendo del camino el sentido real de la aventura, camuflándose con el paisaje, empapándose de la esencia de lo que pisa... El turista es un mero observador de la piedra, el viajero indaga y busca lo que hay detrás de la historia… Aunque, al fin y al cabo, viajeros y turistas, siempre acaben visitando los mismos lugares, comiendo de la misma manera, y con las mismas imágenes en las tarjetas de memoria…
Aquella mañana quería demostrarle una vez más sus teorías a su esposa. Habían bajado a pie por la ladera de Cigarrales hasta el puente de San Martin, y habían decidido pasear por el barrio judio. Antes de entrar en la Sinagoga del Tránsito, recordó que en un viaje anterior, hacía ya catorce años, permitían hacer fotos sin flash y lo desconectó de la cámara. Le sorprendió la prohibición de cualquier tipo de foto. “Claro, con tanto turista, quieren vender sus postales”. Pedro, para estas eventualidades había desarrollado una cierta habilidad en hacer fotos sin mirar: con la cámara colgada del cuello y a la altura del estómago, quitaba la tapa del objetivo, e iba disparando discretamente en todas direcciones. Luego en casa, con el ordenador, reencuadraba y retocaba digitalmente las imágenes. La Sinagoga estaba llena de turistas ruidosos, que no respetaban la más mínima regla. Sus cámaras destelleaban contra el artesonado del techo, impunemente, haciendo caso omiso a las advertencias del personal. La mala educación era una cosa que le ponía especialmente nervioso…

En los adoquines que llevan a Santa María la Blanca le fue contando a Susana que en el viaje que había hecho años antes, había visto unos frescos en el fondo de una de las naves, que habían hallado en aquellos años y que la columnata de arcos de herradura, había sido limpiada de yeso dejando a la vista el ladrillo árabe original. Al entrar en esa Sinagoga, la decepción fue tremenda. De los frescos apenas se mostraba nada, y las columnas, habían sido cubiertas y encaladas de nuevo para mantener su imagen postalera. A pesar de que el recubrimiento de los pilares no tenía más de diez años, los vigilantes tenían la desvergüenza de prohibir tocarlos a un grupo de norteamericanos que se tragaron el engaño…
Cruzaron la Puerta del Cambrón, para salir de la ciudad vieja en dirección a la ermita del Cristo de la Vega. Llevaba la sorpresa para Susana bien guardada… -Aquí no hay turistas- le susurró al atravesar la puerta de la capilla. Se sentía como un moderno Indiana Jones, entrando en un templo con Marion, para mostrarle el Arca de la Alianza. Estarían un ratito tranquilos… No había nadie y eso le agradó. En el fondo del ábside central había una extraña imagen de Jesús Crucificado. Tenía la mano derecha desclavada, hacia abajo como intentando coger algo invisible. Se sentaron en uno de los primeros bancos al lado del Altar Mayor, y Pedro le relató la leyenda de la doncella mancillada por un caballero, al que bajo aquella cruz ella le hizo jurar que la desposaría a la vuelta de su inminente marcha a los Tercios de Flandes. Pasó mucho tiempo y ella r
echazó pretendientes esperando el regreso de su amado. Tres años después, desde el Miradero, le vio regresar ascendido a Capitán por el Rey. Ella le reclamó su promesa, y él negó conocerla. La doncella reclamó justicia al gobernador que le exigió una prueba o un testigo del compromiso y ante la vehemencia de los argumentos de la muchacha, hizo que la acompañasen notarios y jueces hasta esa capilla. Pidiendo al Altísimo que corroborase la versión de la mujer, si el caballero había dado promesa de matrimonio. La Imagen, desclavó su mano derecha del madero y la puso sobre Las Escrituras… –“Sí, juró” dijo con voz grave la figura de Jesús- Pedro dejó que su ultima frase se perdiese en los ecos de la iglesia, mientras veía en los ojos de Susana, ensimismada en sus palabras, como se iba construyendo la historia. Esos momentos en los que conseguía sorprenderla le agradaban especialmente. Era así, cuando volvía a confirmar la diferencia de ser viajero…
Ya era bastante más de mediodía y el hambre empezaba a despertar. Volvieron a pasar debajo del Arco del Cambrón para perderse en el barrio Judío. Callejeando encontraron un pequeño restaurante en la calle San Juan de la Cruz: “La Judería”. Anunciaba un menú no muy caro en una pizarrita a al puerta del local. El comedor estaba en un patio interior, muy fresquito cubierto con un toldo que daba una excelente sombra. Había pocas mesas, todas vacías -¡qué tarde se come en España!- pensó Pedro mientras la camarera, les acomodaba en una, al fondo, al lado de una pequeña fuente. Siempre les gustaba probar la comida tradicional y decidieron tomar una ensalada para refrescar, pisto manchego y unas codornices en escabeche que la camarera gestionó a través de una ventana en uno de los laterales que daba a la cocina. Comieron bien, sin grandes sofisticaciones, pero todo estaba muy sabroso. No habían terminado el segundo cuando llegó otra mesa. Seis jubilados de camisa floreada, bermudas, y piel enrojecida por el sol. Seis alemanes, seis, gordos como seis toros de lidia esperando que lleguen las cinco de la tarde. La camarera juntó dos mesas y les repartió las cartas. –Estos van a pedir seis paellas…- le dijo Pedro a su esposa... – No saben comer otra cosa…-. Uno de los jubilados reclamó la atención de la chica. Intentaron entenderse en ingles y le dio una tarjeta. La camarera se acercó a la ventanita de la cocina y se la oyó perfectamente decir –Hay uno que tiene que comer sin sal ¿Qué le puedes hacer?-. Pedro no oyó la respuesta pero vio que la muchacha regresaba al lado del alemán y le señalaba algo de la carta. Otra persona le dio otro papel a la camarera. Éste era celiaco. Viaje de la chica a la cocina y esta respuesta sí se pudo oír –que coma cualquier cosa menos macarrones o arroz…- y regresó a la mesa. Un tercer alemán le entregó otro papel a la camarera. Pedro y Susana, miraban disimuladamente la escena y se tapaban la boca para contener la risa. Este era alérgico a la lactosa. Negociación en la cocina y regreso con el cliente. Un cuarto también tenía notita para la camarera, que a estas alturas, también se le escapaba la risa. Éste era alérgico al ajo, y volvió a ir a preguntar al cocinero… Por suerte los otros dos estaban (supuestamente) sanos y uno de ellos sí tomó paella.
Pedro y su esposa acabaron el postre y la camarera acompañó los cafés con un platito de mazapanes deliciosos. Pidieron la cuenta y pagaron. Al marcharse, Susana le preguntó a la camarera dónde podría encontrar dulces como aquellos. La chica amablemente le dio la marca y la dirección de una confitería cercana. Mientras la escribía, Pedro no pudo evitarlo –Menuda mesita te ha tocado-. Ella le devolvió una sonrisa entre resignada y cómplice. –Puedo entender que haya personas que tengan que comer sin sal, que no puedan comer gluten, que sean alérgicos a la lactosa… pero ¿al ajo? ¿Tu sabes como se llama un alérgico al ajo?- La chica hizo un gesto negando con la cabeza. Pedro señaló el techo del patio –No se te ocurra quitar la lona porque como le de un rayo de sol, lo fulminas. ¡Seguro que es un vampiro!
Por que realmente, de los turistas, te lo puedes esperar todo.






lucia3 dijo
Después de leer dos veces
la acusación entablada,
el norario a Jesucristo
así demandó en voz alta:
"Jesús, hijo de María,
ante nos esta mañana,
citado como testigo
por boca d Inés de Vargas
¿juráis ser cierto que un día
a vuestras divinas plantas
juró Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?
asida a un brazo desnudo
una mano atarazada
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma,
y allá en los aires: Sí juro!
clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa
la vista a la imagen santa...
Los labios tenía abiertos
y una mano desclavada.
José de Zorrilla- A buen juez, mejor testigo (Tradición de Toledo.)
ES un romance muy largo, del que recordaba algunos trozos. Te he copiado el trocito en el que se habla de esa mano desclavada. Espero que te guste.
Un abrazo y gracias por tu relato. Es un gusto leerte.
Un abrazo.
23 Junio 2008 | 10:02 AM