QUERIDO PACO... (cuento)
Dejó la bolsa de viaje en el suelo y miró el reloj; todavía faltaba más de media hora para que saliese el tren. Se palpó los bolsillos de la americana buscando algo. Reconoció el bolígrafo con el tacto y lo sacó un momento. Lo observó y lo volvió a guardar. Se colgó nuevamente la bolsa en bandolera y se acercó al kiosco de la estación.

Buscó un expositor de postales. Había uno de esos rotatorios, lleno de imágenes de la ciudad y de parejas en actitudes románticas, casi besándose tiernamente festoneadas por corazones dorados… Le dio un par de vueltas viendo aquellas fotografías de hermosas puestas de sol , sin personalidad, iguales a otras miles, que se podían ver de cualquier parte del mundo… Eligió una con la silueta de la Alhambra hecha al amanecer, recortada sobre un cielo grisáceo, casi blanco. Al pagarla, preguntó al dependiente por un buzón cercano. “En el exterior de la estación tiene uno, caballero” le respondió amablemente al devolverle el cambio.
Se sentó en un banco y consultó la hora de nuevo. Veinticinco minutos para el tren. Abrió la bolsa y sacó un libro. Apoyó la postal en él y buscó la cartera en un bolsillo. En un pequeño departamento siempre llevaba algún sello de correos; todavía le quedaban dos. Tomó uno y lo humedeció con la lengua ¡qué mal sabía el adhesivo! Con delicadeza, intentó pegarlo bien centrado en el cuadradito de la postal. Cogió el bolígrafo y se quedó unos segundos sin fijar la vista en ningún sitio, mirando el aire; pensando... buscando una palabra para poder empezar a escribir. Intentó hacer una caligrafía uniforme y redondita de mujer…
Querido Paco:
Granada es una ciudad mágica para pasar unas vacaciones.
La Alhambra y el Generalife te cautivan con su embrujo y su misterio.
Me hubiese gustado que estuvieses aquí.
BESOS
Y firmó con un garabato legible pero extraño
María
Después escribió su nombre y su dirección en la parte derecha, y la guardó entre las páginas del libro. Recogió la bolsa y volvió a mirar el reloj. Diez minutos. Salió de la estación buscando el típico buzón bajito, gordo y amarillo, pero sólo encontró uno más funcional y moderno: una especie de caja metálica, con el logo de correos, colgada en la pared. Con una mano levantó la lengüeta dorada y con la otra introdujo la postal. Dentro de tres días, cuando le llegase a casa la pondría con un pequeño imán en la puerta de la nevera, junto a las otras de Cuenca, Salamanca, y Bilbao…
Respiró profundamente y se encaminó a los andenes. Por megafonía ya anunciaban que el expreso con destino a Madrid, entraría por la vía dos.








lucia3 dijo
Hola, te había echado de menos, pero has vuelto ¡Me habías asustado!
Aquí estás con un cuento conmovedor, precioso, y unpoco triste. Me ha gustado mucho.
La soledad.............
Un abrazo.
6 Junio 2008 | 07:56 AM