LAS INVITACIONES DE BODA (cuento)

La calle de la farmacia era una verdadera prueba de obstáculos. Estaba llena de casas unifamiliares de una sola planta, o como mucho, con un piso. Había tres o cuatro con jardín, y perros ladradores que saltaban la verja en cuanto alguien pasaba por la acera. Para mí era una tortura atravesar esa calle. Solía cogerme fuerte de la mano mi padre o de mi madre para, así, sentirme más protegido, pero aún sabiendo donde estaba cada perro, siempre me llevaba algún sobresalto... La última vivienda desentonaba bastante. Parecía una casa de principios de siglo. Grande, con dos plantas. Una gran puerta de madera labrada, con aldabas en forma de mano y rejas de forja en las ventanas... Una estructura como de un castillo pequeño, con una imitación de torreones en las esquinas de la terraza. Tenía un aspecto de decorado de película de terror de serie B con sus manchas de humedad y desconcchones de pintura en la fachada.Y, aunque no la habitaba ningún asesino en serie, ni ninguna anciana envenenadora; creo que la madre de Norman Bates habría vivido bien en aquella casa. La había alquilado una familia del sur, emigrantes como nosotros. Los padres, trabajadores, callados, buena gente... porque los hijos, la verdad, es que dejaban mucho que desear. Manolo, el mayor, tenía mis años, pero me sacaba medio palmo. Un chaval malo, mentiroso, cruel, terrible... o al menos así lo veía yo a mi corta edad. Recuerdo con claridad que el primer tirachinas que vi en mi vida, lo tenía él en sus manos, y fui inmediatamente después víctima del artilugio... La experiencia era aún peor, cuando tenía que atravesar aquella calle sólo. Cerca vivían Luis y Antonio, unos gemelos de nuestra edad, emigrantes también, con los que solía jugar a menudo. Muchas veces rodeaba por otras callejuelas, perdiendo el doble de tiempo, para evitar encontrarme con aquel torturador a pequeña escala, y poder llegar a casa de mis amigos....
Con los años, los perros me siguen ladrando. Creo que genéticamente me recuerdan o se avisan de padres a hijos, de quien es su enemigo a batir. Aunque ya no les temo, me sigue molestando que me salten encima o me babeen los pies...
Hace poco, al preparar mi boda, recordé la pequeña imprenta de mi pueblo, y convencí a mi futura esposa, de hacer allí las invitaciones. Está todavía, en esa misma calle de mi infancia, pero los perros de los jardines, por suerte, ya no . El dueño era un viejo amigo, con el que había colaborado en el pasado haciendo pequeños diseños... Nos felicitó por la noticia, y le gustaron las ideas que llevábamos para hacer las tarjetitas. Todavía, en un pequeño expositor, tenía uno de los dibujitos que le había hecho años atrás, y me encantó poder presumir delante de mi novia...
A la salida, ella se quedó embobada viendo aquel caserón que tenía un cartel de "SE ALQUILA" en una de las ventanas.
-Qué casa más bonita -dijo-, podríamos alquilarla y vivir aquí.
-No cariño, no. En esa casa no.










amaralis dijo
creo que todos tenemos una historia parecida a la tuya que contar, sobre todo si vives en un pueblo pequeño donde nos conocemos todos.
un dia te contaré mi historia. besos muy dulces
26 Mayo 2008 | 01:05 PM